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EDITORIAL | Generación Z: hacer política sin partidos en un país que los ignora

La Generación Z, nacida a partir de 1997, es la primera que creció completamente inmersa en la era digital y rodeada de información inmediata, y sin embargo, mantiene una profunda desconfianza hacia los partidos políticos y las instituciones tradicionales. Su distancia no es apatía, sino un rechazo crítico a estructuras que consideran ineficaces, corruptas y desconectadas de los problemas reales que enfrentan: inseguridad, desigualdad, precariedad económica y falta de oportunidades.

Esta juventud no se conforma con promesas vacías ni con discursos partidistas, y ha aprendido a identificar que la política, tal como la han visto a lo largo de los gobiernos de Fox, Calderón, Peña Nieto y López Obrador, rara vez cumple con lo que promete. Su activismo no desaparece, solo se transforma; se manifiesta en redes sociales, en movilizaciones por causas concretas y en movimientos ciudadanos que no requieren siglas ni ideologías rígidas, y que ponen en el centro la seguridad, la justicia, la violencia de género, la educación y el bienestar económico.

La paradoja es que, mientras la Generación Z desconfía de los partidos, hace política más que ninguna otra generación, construyendo agendas y presionando por resultados tangibles, lejos de la estructura tradicional. Sin embargo, esta distancia no se limita a los partidos ya establecidos. Las agrupaciones que buscan constituirse como nuevos partidos políticos tampoco logran representar sus causas. Muchas están lideradas por políticos reciclados o grupos de interés que repiten los mismos vicios del sistema viejo, enfocándose más en conseguir registro que en atender problemas reales.

Hablan el lenguaje juvenil y muestran estética moderna, pero carecen de contenido y de comprensión profunda de las demandas de esta generación. Ofrecen imagen, no identidad; branding, no causas; narrativa, pero no congruencia. Para los jóvenes, todo intento de renovación que no asuma las causas de la ciudadanía resulta vacío, y así, la brecha generacional persiste.

La Generación Z no rechaza participar ni construir sociedad, solo rechaza hacerlo bajo la lógica de partidos y estructuras que no representan sus necesidades ni su visión de futuro. Esta desconexión es un aviso claro: mientras los políticos siguen pensando en estructuras y siglas, los jóvenes ya están pensando en causas, soluciones y resultados. Nuevos partidos, mismos vicios. Nuevos logos, misma distancia. La política que esta generación exige no es simulación ni marketing, es acción concreta, congruente y cercana a la vida real de quienes no se conforman con esperar que otros resuelvan lo que les corresponde vivir.

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